Estilos de aprendizaje: ¿ciencia o creencia?
- Maribel Martínez-Ambriz

- hace 2 horas
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¿Son los estilos de aprendizaje una herramienta real o un cliché pedagógico? Este artículo examina la evolución de este concepto hasta su actual estatus de neuromito (concepciones sesgadas derivadas de una interpretación equivocada). Asimismo, cuestiona su viabilidad en el aula y plantea una alternativa necesaria: dejar de etiquetar al estudiante por canales sensoriales para transicionar hacia modelos más efectivos como el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA).
Conforme la investigación educativa avanza, surgen nuevos términos y líneas de trabajo que parecen prometedoras para ser exploradas. En ocasiones, el nuevo lenguaje se utiliza sin cuestionar a profundidad el origen de estos conceptos o si su implementación realmente generará un impacto transformador en nuestros estudiantes.
Un ejemplo de esta falta de reflexión se relaciona con el concepto de estilos de aprendizaje, mismos que se mencionan constantemente en el aula para justificar los distintos niveles de avance entre los alumnos. Sin embargo, el problema surge cuando, al pedir soluciones concretas a los docentes, no hay una respuesta clara. Y la mayoría de las veces, esto ocurre porque el concepto se usa más como un cliché que como una herramienta real, dejando en el aire la responsabilidad que el docente tiene para adecuar su enseñanza de forma efectiva.
¿De dónde surge el concepto? Los estilos de aprendizaje comenzaron a utilizarse en los años cincuenta, sus inicios etimológicos se dieron en la psicología, específicamente en el área cognitiva. Uno de los primeros autores interesados en este concepto fue Witkin, quien “se interesó por la problemática de los ‘estilos cognitivos’, como expresión de las formas particulares de los individuos de percibir y procesar la información” (1954, como se cita en Cabrera y Fariñas, 2005, 2).
Posteriormente, muchos investigadores se dedicaron a estudiar el tema y surgieron distintas definiciones, clasificaciones e instrumentos diagnósticos, mismos que se pueden apreciar en las siguientes figuras.


Uno de los modelos de estilos de aprendizaje más arraigados hasta la actualidad, es el de programación neurolingüística, mismo en el que “se fundamentan y se establecen tres estilos de aprehensión de la información, visual, kinestésico y auditivo, dependiendo del estímulo, y el sistema de representación que cada persona utilice” (Villalba, 2014 como se citó en Peralta et al., 2019, 18).
Pese a la popularidad de este enfoque y su clara clasificación de canales sensoriales, su prevalencia es solo una muestra de la cantidad de teorías que intentan catalogar la forma en que aprendemos. Esta persistencia obliga a cuestionar la vigencia científica del modelo, pues al seguir replicando una narrativa con más de cinco décadas de antigüedad, corremos el riesgo de ignorar los avances contemporáneos en neuroeducación.
Inicialmente, este modelo resultó sumamente intuitivo para los docentes, dado que los sistemas sensoriales son pilares de la evolución y elementos clave de supervivencia que dictan nuestra vinculación con el entorno. No obstante, “Los canales de percepción son sólo las entradas al sistema nervioso central. Es en el cerebro en donde radica el aprendizaje…” (Manes y Niro, 2014 como se citó en Amaya et al., 2023, 49).
Otro punto de análisis, se tiene que dirigir a que la diversidad de definiciones y modelos, lejos de clarificar el panorama, ha fragmentado nuestra comprensión del concepto. Esto nos sitúa ante una panorama complejo, ya que, si no contamos con una base clara y consensuada, ¿cómo podemos pretender una implementación coherente y efectiva en la práctica educativa?
Dicha interrogante ha sido el eje de múltiples investigaciones que buscan determinar la validez de los estilos de aprendizaje. Sin embargo, el debate académico no sólo se centra en verificar su existencia, sino, en comprobar si el aprendizaje adaptado a una preferencia específica se traduce realmente en una mejora significativa del proceso educativo.
Como se ilustra en la figura 3, a pesar del volumen de investigaciones y los hallazgos sobre el tema, ninguna ha logrado confirmar la veracidad o existencia de los estilos de aprendizaje. Diversos autores coinciden en que la evidencia es insuficiente, carece de sustento científico o presenta debilidades metodológicas considerables. De hecho, Coffield et al., 2004 (como se citó en Forés et al., 2015) advirtieron que gran parte de la literatura reportada perseguía fines comerciales, proyectando promesas de máximo desempeño escolar que carecían de fundamento.

De neuromitos y etiquetas
Otra crítica fundamental hacia los estilos de aprendizaje es su tendencia a etiquetar innecesariamente al estudiantado. Al trasladar esta teoría al aula de educación básica en México, donde un docente atiende a un promedio de 30 alumnos o más, surgen interrogantes sobre su implementación: ¿Es factible que el maestro, tras identificar un supuesto 'estilo', diseñe planes individualizados o segregue al grupo por categorías sensoriales? Lo anterior, sería casi imposible, asimismo, debe considerarse que existen contenidos curriculares cuya naturaleza técnica o abstracta no permite una adaptación simplista a cada canal de aprendizaje.
Lo que hoy se sabe es que los estilos de aprendizaje se consideran un neuromito y carecen de sustento científico.
La OCDE en 2002 redefinió y popularizó el término neuromito y lo definió como un “concepto erróneo generado por un malentendido, una lectura errónea o una cita errónea de hechos científicamente establecidos (por la investigación sobre el cerebro) para defender el uso de la investigación del cerebro en la educación y otros contextos” (Howard-Jones, 2014 como se citó en Grasselli, 2024, 156).
Cabe destacar que se considera que los neuromitos son atractivos para el público no especializado porque ofrecen respuestas aparentemente sencillas a problemas cotidianos, basándose en explicaciones fáciles de entender e intuitivas. Asimismo, en ocasiones, los medios de comunicación contribuyen a que ciertos neuromitos se propaguen rápidamente, lo que favorece su consolidación.
Una alternativa para trascender el uso de los estilos de aprendizaje consiste en desplazar el foco de la modalidad sensorial preferida hacia la implementación de metodologías como el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA). En lugar de etiquetar al alumno, este enfoque permite diseñar situaciones y experiencias de aprendizaje que se adecuen tanto a la naturaleza de cada disciplina como a la variabilidad natural del grupo, garantizando materiales y metodologías pertinentes para todos. “Hattie... lo resume muy bien: ¿Estrategias de aprendizaje? Sí. ¿Disfrutar del aprendizaje? Sí. ¿Estilos de aprendizaje? No” (2012, como se cita en Forés et al., 2015, 36).
A la luz de lo expuesto, queda de manifiesto que la implementación de los estilos de aprendizaje ha generado una falsa sensación de personalización que, paradójicamente, limita el potencial del estudiante al etiquetarlo. Ante la falta de rigor metodológico y el sesgo comercial que ha rodeado a estas teorías desde hace décadas, es urgente replantear nuestra labor en las aulas. Superar estos mitos es el primer paso para construir una educación básica que no segregue por canales sensoriales, sino que potencie procesos cognitivos profundos y reales, adaptados a las exigencias del siglo XXI.
Referencias:
Amaya, A., Cantú, D., y Baca, J. R. (2023). Neuromitos clásicos en la educación. Estudios desde perspectivas de la neurociencia y el aprendizaje. Fontamara.
Cabrera, J. y Fariñas, G. (2005). El estudio de los estilos de aprendizaje desde una perspectiva vigostkiana: una aproximación conceptual. Revista Iberoamericana de Educación, 37 (1), 1-9. https://rieoei.org/RIE/article/view/2731/3710
Forés, A., Gamo, J., Guillén, J., Hernández, T., Logioiz, M., Pardo, F y Trinidad, C. (2015). Neuromitos en educación. El aprendizaje desde la neurociencia. Plataforma Editorial.
Grasselli, D. (2024). Desmitificando el uso de neuromitos en la educación. Cuaderno de Pedagogía Universitaria, 21(42), 154-171. http://cuaderno.pucmm.edu.do
Peralta, J., Félix, R y Bohórquez, L. (2019). Los estilos de aprendizaje y sus implicaciones en el desarrollo intelectual en estudiantes universitarios. Psicología Educativa, 7 (1), 14-23. https://revistapsicologiaeducativa.unam.mx/index.php/psicologiaeducativa/article/view/64




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