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Los orígenes de la educación o las raíces de una sociedad próspera en convivencia

Hoy escribo a propósito del libro recién publicado que lleva por nombre El viaje de la humanidad (Paidós, 2022) de Oded Galor, novedad editorial que ya se destaca como un texto imprescindible para comprender, entre otras cosas, el nacimiento de la educación moderna. Hay que invertir muchos más recursos en educar a la población para mitigar el coste de la diversidad.


Para Oded Galor (1953, economista y humanista isrealí), la historia y la evolución de la humanidad existen entre dos resortes que se tensan mutuamente: el crecimiento y la desigualdad (tensión que viene desde que el ser humano salió de África hace más de 90 mil años). Es decir, el crecimiento de la humanidad como tal, por el que se desprende de otras especies animales, donde se implica la sobrevivencia y la calidad de vida, así como todo aquello que nos ha permitido llegar hasta el día de hoy tal y como lo hacemos, cultura y economía incluídas. Y junto con ello, con el crecimiento del ser humano, viene la desigualdad como la otra cara de la misma moneda.


Al crecimiento, Galor asocia el impulso innovador y la productividad, que se genera preponderantemente en una sociedad con un grado mayor de diversidad social. Pero la cohesión social y la armonía se ven amenazadas precisamente por los conflictos que genera la diversidad; es decir, la prosperidad tiene un costo y es la amenaza a la cohesión social. Para equilibrar estas tensiones, es fundamental la creación y fortalecimiento de instituciones sociales, como lo son las instituciones educativas en sus distintas manifestaciones. Volveremos a esto más adelante.


Como no podríamos tratar el asunto completo del libro en este breve espacio, quisiera enfocarme en el tema educativo, tal y como lo perfila el maestro de la Universidad de Brown.


Oded Galor asegura que la educación formal, entendida como ahora la entendemos, nació hace apenas unos 200 años. Y la razón de ello es que los procesos y fines educativos antes del siglo XIX eran distintos. La educación no era obligatoria, no era responsabilidad de los estados, era para sólo para las élites y se orientaba a propósitos religiosos o de formalismos sociales, y los estudios que eran de tipo científico, lo fueron apenas en la época del Renacimiento en las condiciones descritas.


Para responder a la pregunta subyacente a la creación de los sistemas educativos, Galor argumenta que fue el proceso de industrialización lo que detonó la necesidad de una educación más generalizada. Es decir, a mayor tecnificación, los actores industriales del siglo XIX exigieron a sus gobiernos que los trabajadores estuvieran capacitados para realizar las nuevas tareas, enfrentar a las máquinas, procesos contables y de distribución. Así pasamos como humanidad del concepto simple de mano de obra calificada a ciudadanos educados, preparados, capacitados, cultos y libres. El proceso que se describe de lo que sucedió en la sociedad inglesa, es muy ilustrativo.


El autor relaciona una de las épocas preindustriales como lo fueron los siglos del Renacimiento con el impulso que las máquinas dieron a su siglo en términos educativos:


“El funcionamiento repetitivo de la máquina de vapor podría parecer tan poco inspirador como el contenido de los primeros documentos escritos de la historia de la humanidad: las tablillas sumerias, donde, alrededor del 3400 a. C. se registraban sencillos acuerdos comerciales e impuestos. Estos escritos, no obstante, encendieron la mecha de un proceso que en unos pocos miles de años conduciría a la Epopeya de Gilgamesh… Las mil y una noches… La divina comedia de Dante… Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes” (pp. 81-82).


Lo que el libro argumenta es que la educación moderna con todos sus alcances de alfabetización, generalización, democratización y accesibilidad a nivel de Estado fue el fruto directo de la Revolución Industrial. Tal como lo vemos ahora con relación a las industrias de las tecnologías de la información y el impulso del estudio de matemáticas y ciencias. Para sostener esto, Galor presenta datos estadísticos e históricos que permiten vislumbrar este impacto y esta lógica causal.


Para ir cerrando esta nota, veamos al menos uno de los ejemplos que arguye el autor:


“Durante este periodo, Europa se convirtió en el lugar más alfabetizado y tecnificado de la historia. En 1800, el índice de alfabetización era del 68 por ciento en los Países Bajos, del 50 por ciento en Gran Bretaña y Bélgica, y de alrededor del 20 por ciento en otras naciones de Europa occidental. Sin embargo, en las sociedades no europeas las tasas de alfabetización no comenzaron a ascender hasta el siglo XX. Para la humanidad en su conjunto, el índice de alfabetización adulta era de solo un 12 por ciento en 1820 y no superó la marca del 50 por ciento hasta mediados del siglo XX, hallándose actualmente en el 86 por ciento, aproximadamente.” (p. 89).


En esta entrevista para Aprendamos Juntos de BBVA, Oded Galor platica sobre su “teoría unificada del crecimiento”. En ella, precisamente nos dice a propósito de la tensión entre el crecimiento y la desigualdad:


Esto sugiere que hay que invertir muchos más recursos en educar a la población para mitigar el coste de la diversidad. Básicamente, para que los individuos se toleren los unos a los otros, para que los individuos respeten a distintos grupos étnicos, a distintos grupos sociales, y así mitigar el coste de la diversidad. Si esto ocurre, las sociedades diversas tendrán un impacto más significativo aún en la prosperidad.





Fuente original: redmagisterial.com.

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