El rol docente en México: desafíos y dignificación
- Citlalli Rojas

- hace 7 minutos
- 6 min de lectura

Es frecuente encontrar una polarización en la percepción pública de los docentes en México, la cual oscila entre la figura del apóstol con vocación heroica y la atribución de la responsabilidad del rezago educativo y el limitado desarrollo científico del país.
Actualmente, los noticieros exponen una realidad cruel sobre aquellos docentes que son agredidos o incluso pierden la vida en sus centros de trabajo a manos de sus propios estudiantes, así como casos en los que son objeto de amenazas por parte de padres de familia. Las razones van desde situaciones relacionadas con el ejercicio de la labor docente hasta conflictos completamente ajenos al ámbito educativo. En este sentido, es posible cuestionarse ¿qué está ocurriendo en la sociedad para que la figura del docente oscile entre la admiración y la condena?
Para poder entender el por qué se tenía el ideal del docente como “héroe”, es necesario echar una mirada hacia el pasado y situarnos en la época posrevolucionaria (especialmente con José Vasconcelos y las Misiones Culturales),quien defendió la idea de que la educación debe ser la principal empresa del estado; por ello, convirtió esta empresa en una verdadera cruzada misional, en donde el docente era visto como en donde el maestro era visto como un redentor y apóstol social que alfabetizaba y civilizaba a las comunidades marginadas. (López, 2005,p.142) Citlalli Rojas
Se asumía que el verdadero docente trabajaba por amor a la patria, aceptando salarios modestos y condiciones de vida precarias a cambio del respeto de la comunidad. No se le concebía únicamente como un funcionario encargado de llevar a la práctica un plan de estudios, sino como un agente civilizador, como un líder comunitario que enseñaba a leer, pero también a cultivar la tierra, a defender los derechos laborales y a organizar a los pueblos. Francisco Arce Gurza (1985, p.146) señala que “posteriormente vino el gobierno de Calles a quien no le interesaba este tipo de cultura. Le importaba que los campesinos hicieran producir la tierra, que los obreros se adiestraran en las técnicas modernas de producción y que el país saliera del caos económico en que se encontraba desde la revolución. La educación tenía que servir a estos propósitos”.
A medida que el sistema educativo se expandió y el Estado mexicano centralizó su control a través de aparatos sindicales, la narrativa sobre la figura docente comenzó a cambiar. Quien había sido considerado un apóstol con autoridad, sabiduría y lealtad al régimen, se transformó paulatinamente en un agente de cambio; sin embargo, con el tiempo también comenzó a atribuírsele la responsabilidad de problemas relacionados con la infraestructura escolar, el financiamiento educativo y las deficiencias curriculares. De esta manera, el docente dejó de ser percibido únicamente como un actor de transformación social y empezó a ser señalado, con frecuencia, como responsable de problemas educativos cuya causa es mucho más compleja.
Como señala José M. Esteve (2006, p. 22): “Los problemas de la educación en nuestras sociedades globalizadas aparecen con caracteres comunes, siguiendo grandes tendencias sociales, que van apareciendo con las mismas pautas en los distintos países conforme éstos van alcanzando los mismos escalones en el proceso de desarrollo de sus sistemas sociales”.
Pero, ¿cómo es que un profesional de la educación cae con tanta facilidad del pedestal de la admiración al banquillo de los acusados? Actualmente podemos describir algunos factores que pueden dar respuesta a la pregunta planteada.
Las deficiencias de un sistema educativo repercuten de manera multidimensional en el entorno escolar. En el sector público, esto se evidencia en el deterioro de la infraestructura: carencia de agua potable, aulas a la intemperie, falta de energía eléctrica, servicios sanitarios inoperantes y escasez de mobiliario. La ausencia de condiciones adecuadas dificulta un aprendizaje significativo, lo cual agudiza las problemáticas estructurales del país, observables en los rezagos en lectoescritura, comprensión lectora y pensamiento matemático. Frente a esta situación, una parte de la opinión pública dirige sus reclamos hacia la escuela y, particularmente, hacia quienes trabajan en ella.
Bajo esta lógica, resulta más simple adjudicar la crisis al docente frente a grupo y calificarlos de incompetente que analizar críticamente el diseño de la política educativa, los déficits presupuestarios del Estado o las desigualdades socioeconómicas que configuran el contexto de los hogares. A ello se suma la expectativa de que el magisterio compense, en una jornada de cuatro horas, las carencias afectivas, nutricionales y tecnológicas que el alumnado podría tener. Cuando el docente se ve rebasado por circunstancias que exceden sus posibilidades de intervención, la crítica social suele ser inmediata.
La transición hacia entornos virtuales e híbridos ha agudizado esta vulnerabilidad. Actualmente, la docencia digital se somete a una observación permanente: las sesiones síncronas quedan registradas, las interacciones en foros son susceptibles de ser descontextualizadas en redes sociales y los sistemas de gestión del aprendizaje cuantifican el tiempo de conexión con rigidez algorítmica. En este escenario, un error conceptual, un rasgo de fatiga humana o un fallo de conectividad bastan para desencadenar un linchamiento digital. Con frecuencia, la calidad docente termina reducida a indicadores de satisfacción o valoraciones cuantitativas que no siempre reflejan la complejidad del trabajo pedagógico.
Para superar esta oscilación entre la idealización y la descalificación, es urgente transitar hacia una perspectiva que combine humanización y profesionalización de la docencia. Es decir, reconocer que los docentes no son figuras heroicas incapaces de equivocarse ni responsables exclusivos de las crisis educativas nacionales. Son profesionales que requieren condiciones adecuadas para ejercer su labor y desarrollar plenamente sus capacidades (Tenti et al. 2006).
Por lo tanto, para aterrizar esa urgente necesidad de humanizar y profesionalizar la labor docente en México, es necesario establecer estrategias que sean aplicables desde las aulas.
A continuación algunas propuestas de estrategias que como docentes podemos llevar a cabo en nuestra labor cotidiana.
Estrategias para reconocimiento y dignificación de la labor docente
Estrategia | Cómo llevarla a cabo | Cómo ayuda a cambiar la perspectiva |
Límites claros y derecho a la desconexión | Establecer desde el inicio del ciclo escolar un protocolo de comunicación profesional exclusivo. Utilizar herramientas institucionales y generar un horario estricto de atención a padres y alumnos. | Favorece límites sanos y fortalece la percepción del docente como un profesional de la educación con derecho al descanso y a la vida privada. |
Difusión del saber pedagógico | Implementar una bitácora del pensamiento pedagógico en la que se documenten experiencias, logros y áreas de mejora al término de cada proyecto (puede ser un documento compartido o un blog escolar). | Al publicar o compartir estas experiencias se evidencia que las decisiones en el aula se toman con base en la teoría, la observación y la evaluación formativa. Se pasa del "yo creo que mis alumnos aprendieron" al "la evidencia pedagógica muestra este avance". |
Espacios de contención emocional | Participar en programas de salud mental, manejo del estrés y círculos de apoyo profesional. | Contribuye al bienestar docente y reconoce la carga emocional inherente a una profesión basada en relaciones humanas significativas. |
Evaluaciones formativas compartidas | Organizar "Asambleas de logros comunitarios" en las que el docente no solo indica las calificaciones, sino que los alumnos exponen los productos de sus proyectos a los padres de familia y explican qué problemas tuvieron al desarrollar su proyecto. | Favorece la corresponsabilidad educativa. Cuando la comunidad ve el esfuerzo y el proceso detrás de una calificación, entiende que la educación es un tejido social complejo y no un servicio al cliente donde el maestro es el único culpable si algo sale mal. |
Tabla 1. Estrategias para reconocimiento y dignificación de la labor docente (elaboración propia a partir de Imbernón, 2001).
Conclusión
Ser docente en México seguirá siendo un desafío importante en los próximos años. Las desigualdades históricas del país y las exigencias de la sociedad del conocimiento imponen un ritmo vertiginoso que no dará tregua. Sin embargo, no es razonable que la respuesta a estas dificultades continúe descansando en el sacrificio individual de quienes ejercen la docencia.
México requiere avanzar hacia un modelo que reconozca el valor social de la profesión docente sin idealizarla ni responsabilizarla de manera exclusiva por los problemas educativos. Lo que nuestro país necesita urgentemente son docentes dignificados: respetados socialmente, remunerados con justicia, respaldados por instituciones públicas y privadas, y valorados en su justa dimensión humana.
Silvia Citlalli Rojas Montaño es Licenciada en Psicología por la UNAM. Es docente del IESPE y consultora académica en Grupo Edilar.
Referencias
Imbernón, F. (2001). La profesión docente ante los desafíos del presente y del futuro. La función docente, 27-45.
López, J. O. (2005). José Vasconcelos y la educación mexicana. Revista Historia de la Educación Latinoamericana, (7), 137-157.
Esteve, J. M. (2006). Identidad y desafíos de la condición docente. En E. Tenti Fanfani (Comp.), El oficio docente: vocación, trabajo y profesión en el siglo XXI (pp. 19–69). Siglo XXI Editores.
Arce Gurza, F. (1985). En busca de una educación revolucionaria: 1924-1934. En J. Z. Vázquez, D. Tanck de Estrada, A. Staples y F. Arce Gurza, Ensayos sobre historia de la educación en México (pp. 163-205). El Colegio de México.




Comentarios