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La literatura en la Secundaria y ¡siempre!

La gran historia de la humanidad comenzó con un grupo de personas alrededor de una hoguera (de cuyo origen, por cierto, deriva nuestra palabra “hogar”), donde la más anciana (la custodia de la memoria) narra a las otras la historia del clan, lo que une a esas personas como grupo. Y esas narraciones emocionan a los demás: los entristecen, los asustan, los hacen reír; sí, hay lágrimas apenas contenidas por un antepasado, el héroe o la heroína, ya muertos; también arrancan carcajadas, y la suma de las narraciones conforman en el espíritu de los miembros del clan el comportamiento que llamamos “humanidad”.


Cuando una o un estudiante lee literatura, renace esa historia primigenia: una persona se vuelve miembro del clan humano por primera vez. Ahora cada personaje y cada situación que el joven lee en los libros son la de todos nosotros, la de nuestra tribu humana: vivimos mil vidas en las historias que leemos. Toda ficción nos hace vivir miedo, amor, indignación, piedad, desolación, sufrimiento, venganza, compasión, erotismo… ¡y todo eso nos vuelve humanos!


Así como los sueños, más específicamente las pesadillas, son el simulador en que nos preparamos para afrontar los peligros, los terrores que nos inmovilizan, es decir, que nos preparan para enfrentar la vida cotidiana; así, pues, las historias de la literatura nos ayudan a crecer, a madurar: sufrimos las penurias del joven enamorado o de la doncella que no son correspondidos en sus sentimientos o que las circunstancias se conjugan para imposibilitar su amor, como a Romeo y a Julieta; crecemos con el viaje del héroe, así se llame Ulises, Odiseo, Sinbad, Hamlet, que pierden la inocencia –y a veces también la vida– para convertirse en personas adultas. De esa manera, también, cuando nos enamoramos, solo recordamos lo que ya habíamos vivido en la literatura; ya habíamos sufrido por la pérdida de un padre, de una madre, de un hermano o de un hijo, o de la tierra, si vivimos la expulsión del clan, porque leímos cómo desterraron injustamente al Cid Campeador, por ejemplo. Moríamos cada día que los nazis estaban a punto de descubrir el escondite de Ana Frank o cuando concluía el día y Sherezada debía morir.


En el espejo de la poesía nos descubrimos con palabras que nombran con toda precisión lo que sentimos: la muerte del padre, con Jaime Sabines:


VI Te enterramos ayer. Ayer te enterramos. Te echamos tierra ayer. Quedaste en la tierra ayer. Estás rodeado de tierra desde ayer. Arriba y abajo y a los lados por tus pies y por tu cabeza está la tierra desde ayer. Te metimos en la tierra, te tapamos con tierra ayer. Perteneces a la tierra desde ayer. Ayer te enterramos en la tierra, ayer. […]

o palpamos las nieblas de lo no perceptible, con Octavio Paz:


Aquí Mis pasos en esta calle Resuenan En otra calle Donde Oigo mis pasos Pasar en esta calle Donde Sólo es real la niebla

o disfrutamos el dulce dolor de la ausencia del ser amado, con Salvador Novo:


Breve romance de ausencia Único amor, ya tan mío que va sazonando el Tiempo; ¡qué bien nos sabe la ausencia cuando nos estorba el cuerpo! Mis manos te han olvidado pero mis ojos te vieron y cuando es amargo el mundo para mirarte los cierro […]


Literatura es también el placer de reflexionar, de asociar ideas y lograr conocimiento, y así despertamos al camino del pensamiento con Platón, cuando nos narra en sus Diálogos, cómo un ciudadano ateniense pregunta al oráculo de Delfos quién es la persona más sabia y este le responde que es Sócrates. Sócrates al saber de esto por supuesto que se asombra y emprende su investigación y pregunta a las personas más sabias de todos los temas, incluidos los oficios de zapatero o del herrero armero, y llega a la conclusión de que ellos “creen” que saben, pero no saben, y cómo él sí sabe que no sabe, entonces Sócrates tiene un conocimiento claro. Este es el origen del pensamiento occidental que deriva en lo que hoy se escribe en ciencia y en ensayos: hilar finamente para llegar a conclusiones con todo el rigor del pensamiento, lo cual genera, además de conocimiento, un gran placer intelectual.


Esa es la literatura: asociar emociones de diversas situaciones: vivir lo que no hemos vivido con lo que han vivido o imaginado otros y que han plasmado en la literatura, ya sea en narraciones, poemas, dramas o ensayos. Y entonces, ¿por qué la literatura no es atractiva para la mayoría de los estudiantes y –digámoslo también– para los profesores?

Acaso porque hemos perdido a la flor ante el olor de la flor, citando a Joan Manuel Serrat. Me explico: creo que abusamos –en todo caso, el culpable es el programa– de analizar los aspectos técnicos antes que el sentido emotivo de la literatura. Uno no lee poesía para contar las sílabas, sino que escuchamos música que “dice”, y lo importante es ese “decir” que nos provoca emociones, emociones que nos unen con la tribu y construyen nuestra humanidad.


¿Cómo invitar a leer literatura en el salón de clases? ¿Cómo disfrutar el “gozo estético” de la literatura? Así como en el círculo de la hoguera primigenia el más anciano o la más anciana narraba las historias del clan, esa persona mostraba sus emociones y así narraba a los demás: lloraba cuando sufría, tenía arranques de furia cuando se indignaba o se carcajeaba con pasajes cómicos. Ahora, ¿eso hacemos los profesores en el salón de clases de la secundaria? ¿Mostramos a nuestros estudiantes que nosotros, maestros, maestras, también somos parte del clan y tenemos emociones? ¿Llegamos al aula y compartimos con los estudiantes un hallazgo que encontramos en algún libro de narrativa, poesía, drama o ensayo? Y eso deberíamos compartirlo en todas las asignaturas: en Historia con el placer de los hechos pasados y las personas que toman decisiones que atañen a toda una comunidad, sea familiar, comunitaria, nacional, incluso, mundial. ¿Los profesores de ciencia y tecnología comparten con los alumnos y las alumnas sus lecturas de Los cazadores de microbios, de Paul de Kruif; La breve historia del tiempo, de Sthepen Hawking? Es más, ¿nuestros estudiantes ven que leemos libros?


Los estudiantes aprenden de los modelos. Nosotros, maestros, maestras, somos, para bien o para mal, sus modelos además de los que tienen en casa. Seamos los modelos que los incorporen a la tribu humana. Animémoslos a comentar sus experiencias con un libro, así como platicamos de una película o una serie: ¿por qué a mí me gusta o me impresionó tal pasaje de la obra, qué me recuerda, qué dolor o qué alegría me hace consciente o con qué lo relaciono? El profesor podría ser el primero en mostrar esta fragilidad del ser humano y decir qué encuentra de sí mismo en lo que lee, para que modele el camino de la introspección por la literatura.


Pero no insistir en “la enseñanza o moraleja” de lo que se lee, sino en el gusto, en el disfrute de lo que se lee, ya sea la manera como se dice (la prosa o el verso), la forma como se cuenta la historia (la trama) o cómo se desarrollan ideas, es decir, cómo se hila el pensamiento, y cómo se relaciona con las vivencias personales.

La literatura es una experiencia personal. El autor escribe, pero la obra es individual, es decir, cada persona se refleja en ella de acuerdo con quien es, con sus experiencias y su forma de ser; por ello, no a todos les gustan los mismos libros. No obliguemos a los estudiantes a leer, con ello sólo hacemos que pierdan el placer de leer literatura. Todo lo contrario, volvamos a hacer que la literatura sea la narración primigenia en que los estudiantes encuentren la voz de los ancianos de la tribu para incorporarse al clan de la humanidad mediante el gozo estético. Y lo más importante: que encuentren su propia voz.


Fuente original: redmagisterial.com.

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