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Aunque sea, leer: por el Día Mundial del Libro

Celebramos este mes el Día Mundial del Libro el 23 de abril. La invitación es hacerlo leyendo. De todo, pero no lo que sea. La lectura de amplio espectro, al igual que la comida, es una necesidad y un privilegio. Sin ella morimos de inanición imaginativa y de conocimiento; y con ella gozamos de los mayores placeres de la vida. Leamos y platiquemos de lo leído con al menos “medio mundo”.


De los escritores


Tal vez unos cientos, si no es que miles de escritores han compartido sus visiones, opiniones, atavismos, filias y fobias de lo que es leer. Algunos han recomendado lo que se debe, lo que se tiene o lo que se puede leer. Para ello la tradición se ha valido de variadas y ricas maneras de compartirlo. Antes que, o incluso con, los multimedios, el escritor escribe para publicar o al menos para compartir con alguien sus ideas. (El fenómeno de escribir para guardarlo en el cajón y después destruirlo es otra cara de la misma moneda escritural).


Para escribir, un escritor se ha valido, además de vivir, de libros, artículos, tratados, manuales, sentencias, aforismos, versos y poemas; de revistas, folletos, manifiestos, libelos, cartas y “hojas sueltas”; correos electrónicos, tuits, copys, epubs. Ha leído de lo que escribe, de lo que va escribir o incluso de lo que nunca escribió. El escritor escribe para ser leído, criticado, alabado, cualquier cosa menos ignorado. A nosotros nos toca leerlos.


Según los párrafos recién leídos, apenas leídos, seguramente tu mente imaginó nombres de escritores, títulos de libros, revistas, epistolarios propios o ajenos; literaturas antiguas o modernas, libros didácticos, poemas largos o sentencias breves. Quizá pensaste en Homero o Virgilio, Dante o Shakespeare, Cervantes o en Borges, Virginia Wolf o Rosario Castellanos. Sea lo que sea que imaginemos cuando leemos, a nosotros nos toca leer.


Desde dónde leer


La modernidad contemporánea, esa que se define vagamente por los años que nos está tocando vivir –sirva la adjetivación para no confundirlos con otras modernidades ni con otras contemporaneidades--, ha creado una falsa disyuntiva, una falsa querella. Una que nada tiene que ver con las de la Antigüedad o de un pasado no tan lejano, como aquella que implicó a abejas y arañas, la de los antiguos y los modernos, se dice; o la de liberales contra conservadores que aún sufrimos con una buena dosis de confusión semántica y oportunismos demagógicos; o la de católicos contra protestantes y viceversa. La del rock contra el pop, sin deslindes ni calidades de por medio; o la del saber a ciencia (“divina”) cierta si el chocolate es bebida o es alimento, deslinde sin el cual no se podía garantizar ni identificar el verdadero ayuno. Pero de todas estas querellas intelectuales, políticas, culturales e intra religiosas, la que mayor falsedad encierra es la que la modernidad contemporánea lanza al ruedo social, me refiero a la de leer en papel (impreso) versus en digital (epub, html, app).


Muchos ya lo han dicho. El reto autoimpuesto por la sociedad es leer, donde sea, como sea, lo que sea, pero leer. Aunque este es motivo de otro texto por su importancia y la extensión que ocuparía, leer “lo que sea” debe someterse a escrutinio. He leído y escuchado al respecto a grandes lectores-escritores-promotores-de-lectura. Siempre me ha venido a la mente comparar lo que se lee con lo que se come. Nunca decimos ni mucho menos deseamos “comer lo que sea”. Ni se lo decimos a nuestros hijos o estudiantes ni a nadie familiar. No pensamos que con “llenar la panza” sea suficiente o saludable, y mucho menos a largo plazo. El resultado sería desnutrición, anemia, atrofia estomacal o intestinal, tal vez hipertensión o diabetes. Pensemos en esto y dudemos del consejo y aquilatemos las consecuencias que conlleva el “lee, lo que sea, pero lee”.


De regreso al asunto, la querella de fondo no es dónde (papel o pantalla) se lee, sino si es de nuestro interés leer. Tal vez quien lee lo hace cada vez más y quizás mejor. Quien no lee, lo hace cada vez menos y de peor manera. Es como escribir “a mano”. Si han pasado años sin tomar un lápiz o una pluma y todo lo hacen en el celular, la tableta o la computadora, el reto es volver a esa práctica escolar y verán que aquella vieja habilidad de escribir o dibujar, al menos, se ha resentido. Leer versus no leer es el más profundo conflicto que la sociedad libra todos los días. Tal vez me equivoque. Pero no adelantemos conclusiones.

Las condiciones de la lectura


Se dice también con sabiduría de pueblo que ahora leemos más que nunca. Que se escribe más que nunca. Que se publica más que nunca. ¿Estas afirmaciones contienen algo de verdad?, sin duda. Aunque me parece que son medias verdades. Leemos en los dispositivos que manejamos: periódicos (quizá algunos artículos de prensa, muchas veces en redes, aunque no creo que eso se llame leer periódicos). Revistas, blogs, Facebook, Twitter, Instagram y YouTube (leemos imágenes y videos, véase a Barthes, Eco, Greimas). Sin embargo, aunque los procesos de lectura se modifican con el tiempo (Chartier, Zaid, Cassany), lo que hacemos cotidianamente difícilmente puede calificarse como lectura, ya que cada texto: artículo, cuento, novela, poemario, ensayo (de cualquier naturaleza) demanda el tipo de lectura y tipo de lector que necesita para poder existir vivamente. Con esto vienen algunas de las condiciones sine qua non de la lectura: concentración, paciencia y constancia.


Todos emprendemos lecturas. Y desde que somos pequeños la sociedad nos hace una invitación algo forzada a “aprender a leer”. Desde casa o la escuela, la lectura se aprende. Salvo alguna enfermedad diagnosticada, un niño de 7 años puede gritarle al mundo: “ya sé leer”. Y de ello se siente orgulloso y normalmente es un fiel practicante: lee los anuncios publicitarios, los avisos televisivos, sus libros de texto, los folletos callejeros y religiosos, quizá algo en revistas o libros en casa o en la escuela, y ahora toda expresión escrita que se tope en internet o aplicaciones.


Este entusiasmo inicial puede irse diluyendo, escurriéndose de entre las manos de la persona hasta, muchas veces, caer en el abandono o la franca displicencia. Lo que fue alegría por la lectura se convierte en desprecio u olvido. Lo que digo se puede validar en miles o millones de personas en México que, a sus 15 años, son incapaces de comprender un texto informativo o disfrutar de unos versos, de ejercer su derecho de completar su alfabetización con el goce que da dialogar con quien escribió un artículo de revista o una novela hace doscientos, cien o cinco años. Lo contrario a lo descrito sucede cada vez con menos personas.


Un caso: a los 18 años de edad una persona que ha finalizado con calificaciones promedio el bachillerato debe ser capaz de leer poemas de una antología al menos en su idioma materno, un manual de historia del derecho, las cartas que Van Gogh le escribió a su hermano Theo o el Eclesiastés. Así como un texto introductorio a la anatomía, un manual de termodinámica o de codificación en Java. Quizá aún esté fuera de su alcance el Tractatus de Wittgenstein o los escritos de Lacan. Si no se ha interesado, y aun así, en filosofía o psicología, quizá la comprensión cabal de esos textos le esté vedada.


No obstante, la pregunta quizá deba estar dirigida hacia el interés de las personas por descubrir lo que dijo Descartes respecto a la identidad y cómo podemos sistematizar los conocimientos o bien qué es lo que se dice hoy de la teoría de cuerdas o bien qué se ha descubierto sobre la forma en la que aprendemos a pilotar un avión sin subirse a una cabina de avión, y para ello ejercer la habilidad que ejercía a los 7 años con el orgullo de quien descubre una isla y la habita.


Fuente original: redmagisterial.com.


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