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La cuadriga indomable: cerebro, mente, pensamiento, inteligencia

Esta entrega trata del cerebro, la mente, el pensamiento y la inteligencia, que son cuatro palabras que nos deben ayudar a entendernos a nosotros mismos y a los demás: a nuestros colegas y amigos, a nuestra familia y a los estudiantes. Sin embargo, no siempre sucede así. Las confundimos, las conocemos sólo parcialmente, las tergiversamos, ¿no es así? Leamos un poco para entrever sus secretos y significados.


Además de las tres primeras figuras perfiladas recientemente por la ciencia como si de buenos sospechosos comunes se tratara, al cerebro, la mente y el pensamiento se suma la inteligencia, una gentil dama ubicua y escurridiza. Y a la cuadriga la vemos por todas partes, es cierto, pero su ausencia brilla aún más donde debería ser manifiesta o explícita, clara y prístina, como en los debates públicos o las arengas multitudinarias.


Tan solo con la diferencia del cerebro, cuya materialidad dentro de los cráneos o cabezas es susceptible de ser visto y, en consecuencia, de ser diseccionado, analizado o medido, la mente, el pensamiento y la inteligencia comparten en gran medida el espacio de la indeterminación, por no decir de la indefinición y la volatilidad: sabemos que existen, pero nadie sabe de dónde vienen, cómo actúan, en qué momento se manifiestan o cómo es que funcionan cuando sin duda lo hacen.


El primer espacio en el que ubicamos a estas cuatro figuras del conocer es en el del lenguaje. Es decir, las cuatro figuras son palabras en las que se detienen los especialistas y debaten. Últimamente, la neurociencia es la disciplina que lleva la voz cantante en torno a las reflexiones de esta cuadriga del saber. Antes y aún, la psicología, la lingüística, la neurolingüística y la sociología; la biología y la química, la historia, la filosofía y la mitología. Y antes de estas ciencias, lo que ahora entendemos como literatura: la épica, el drama, la poesía, los mitos. Cada una de estas ciencias, entendidas como ciencias modernas, y cada una de estas manifestaciones del quehacer intelectual antiguo se detuvieron de una manera u otra en lo que Baltasar Gracián llamó, entre otros, “agudeza” y el “ingenio”.


Salvo prueba en contrario, el cerebro humano es condición necesaria para las demás figuras. Su materialidad biológica es ineludible; pero también, lo sabemos ahora, la química del aparato digestivo, por ejemplo, es fuente definitoria de inteligencia, como lo explica la doctora Castellanos. Pero aún esta situación, sin un cerebro, los organismos complejos no podrían pensar. Simplemente no serían como sabemos que son.


Insisto: las figuras aludidas son palabras y conceptos, y como tal las trataremos.


Entonces, sin el cerebro nada, con el cerebro todo…


Exactamente. Pero vayamos por pasos. Entendemos por cerebro (incluidos los de Einstein y Goya, Julieta Fierro, Leonardo da Vinci y Stephen Hawking, Madame Curie y Alondra de la Parra), según una aproximación enciclopédica, como


la masa de tejido nervioso en el extremo anterior de un organismo. El cerebro integra la información sensorial y dirige las respuestas motoras; en los vertebrados superiores es también el centro del aprendizaje. El cerebro humano pesa aproximadamente 1,4 kg (3 libras) y está formado por miles de millones de células llamadas neuronas. Las uniones entre neuronas, conocidas como sinapsis, permiten que se transmitan mensajes eléctricos y químicos de una neurona a la siguiente en el cerebro, un proceso que subyace a las funciones sensoriales básicas y que es fundamental para el aprendizaje, la memoria, la formación del pensamiento y otras actividades cognitivas (Enciclopedia Británica en línea: brain, cerebro).


“Cerebro”, del latín cerebrum, tiene raíces indoeuropeas en ker- (cabeza) y el sufijo -brum (llevar), es decir, algo así como lo que se lleva en la cabeza. ¿Y qué llevamos en la cabeza?, pues el cerebro.


El estado del arte de los estudios del cerebro se puede ver muy bien explicado en esta charla con la doctora Nazarteth Castellanos, autora del ahora imprescindible El espejo del cerebro (LHG, 2021), pero podemos quedarnos con esta cita que la doctora refiere respecto a una de las cualidades del cerebro, la plasticidad cerebral: “Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro” Santiago Ramón y Cajal (1852-1934).


No abundaremos más en la evidencia cerebral dado que no somos neurólogos, y con seguridad las próximas generaciones sabrán más de lo que el cerebro es y hace. Por esto mismo, hablemos de algunas cosas que suceden gracias a que los seres humanos contamos con un cerebro que llevamos dentro de la cabeza.


Entonces, ¿hablaremos primero de la mente?


Sí, claro. ¿Alguna vez nos hemos preguntado qué es la mente? En el habla coloquial y en la educada existen frases como “me pasó por la mente”, “fija la mente en las estrellas”, “no juegues con mi mente”, “me leyó la mente” o incluso títulos de libros como La nueva mente del emperador de Roger Penrose. La mente, según la misma Enciclopedia Británica, es


el complejo de facultades involucradas en percibir, recordar, considerar, evaluar y decidir. La mente se refleja en cierto sentido en sucesos tales como sensaciones, percepciones, emociones, memoria, deseos, diversos tipos de razonamiento, motivos, elecciones, rasgos de personalidad y el inconsciente. (EB en línea: mind, mente).


Usamos la palabra “mente” para designar todas aquellas acciones (en virtud de que son facultades) asociadas a la información sensorial o sensual, es decir, la mente es una especie de resultado de lo que el cerebro y el sistema nervioso hacen para percibir, recordar, decidir, etcétera. Tal vez también sea un tipo de marquesina donde pasan, a una velocidad incontrolable por el consciente, la información relacionada con los pensamientos, deseos o anhelos. “Parece que me lee la mente” no es más que una fórmula coloquial para decir que alguien, al mismo tiempo, manifestó conocimientos o impresiones de una situación dada de la misma manera en que “uno”, “yo”, lo estaba haciendo. Mi mente pensaba en (o tenía) un “pensamiento” que no alcancé a formular de manera verbal (oral o escrita), y en ese preciso momento alguien más cercano a mí lo hizo, lo expresó, y esa manifestación del lenguaje reflejó lo que pensaba y, por lo tanto, tenía en su mente (al igual que yo, de manera simultánea).


La mente, nos dice el polaco Henryk Skolimowski, Henri para sus amigos:


Podemos definirla como “la suma total de todas las sensibilidades que la evolución ha desarrollado en nosotros”. Por sensibilidades entendemos todas las capacidades mediante las cuales vivimos la vida, a saber, la percepción, la vista, la intuición, el instinto; la capacidad de hacer el amor, de componer poemas, de bailar, de cantar, de contemplar las estrellas; así como la capacidad de juicio moral, el sentido estético, el sentido de la empatía: el concierto completo de las capacidades mediante las cuales la vida se expresa, aprende y crea. (La mente participativa, 2016, Atalanta, p. 53).


Cabe anotar que Henri explica a detalle en su libro lo que es la comprensión de la mente en el contexto de la realidad individual, pero sobre todo colectiva, por lo que demanda, o ha evolucionado en, el principio de la participación, entendido como actual momento de la evolución de la mente para enfrentar las diversidades.


Porque la mente es siempre participativa, nos guste o no, nos demos cuenta o no. Si nos quedamos ahora con esta imagen en nuestra mente, la de alguien que “nos gana” y dice lo que pasaba por su mente y que, según nosotros, tú, yo, en ese momento, también pensábamos lo mismo, es decir, que por nuestra mente pasaba ese mismo pensamiento, entonces seguramente estamos ante un lenguaje dentro del lenguaje alimentado por una realidad externa a nosotros y a un comportamiento cerebral que parte de las llamadas “neuronas espejo”. Con ellas o a través de ellas no sólo se imitan movimientos y actitudes externas (gestos, impulsos, movimientos de piernas o brazos, tics, etc.) sino también “razonamientos”, “deducciones”, “conclusiones”, “valoraciones”. Y esto seguramente sucede entre personas apenas reconocedoras de su yo individual, como pueden ser los niños más pequeños, no sólo entre individuos conscientes de la situación.


Sin embargo, la mente puede y suele vagar sin mayor control. ¿A dónde va la mente cuando la dejamos a la deriva? se pregunta la doctora Castellanos de la mano de toda la tradición que ha pensado en la mente. Es decir, la mente como el cerebro, bien pueden dominarse o “esculpirse” por la propia persona. A esto le solemos llamar “concentración”. Evitar que la mente vague por doquier, o mejor dicho, dominar los paseos de la mente por los mejores terrenos y paisajes que ofrece la imaginación, es tarea constante, disciplinada, consciente.


La mente es, en fin, el espacio de nuestra personalidad, donde nuestra actividad cerebral sucede y nos delimita. Fuera de la mente están los otros con quienes participamos.


Si la mente es una función cerebral, digamos rápidamente, ¿qué es el pensamiento?


Si tuviéramos que decir algo del pensamiento, tendría que ser algo relacionado con el sopesar, el proceso mental de comparar dos o más elementos para poder decidir. Derivado del latín pensare, pendere, colgar y pesar; comparar, evaluar, aquilatar, valorar, decidir son algunas de las variantes de la voz, pero que a su vez son sólo reflejos del acto mismo de pensar que es el pensamiento.


El mismo y famoso Pensador de Rodin es el icono cultural más relevante que captura en el arte escultórico esta acción, que si bien suele ser dubitativa, ejercida en cierta calma externa, quien piensa, sufre. Sufre o se estresa, por ponerlo en términos menos emocionales, debido a que está llevando a cabo en su mente la actividad misma de decidir. Ahora mismo, mientras escribo, estoy pensando, decidiendo entre palabras, estructuras, modos de expresión para comunicar de la mejor manera posible lo que pasa por mi mente, más o menos enfocada en lo que hago, concentrada.


En el cerebro nuestra mente piensa, podemos decir de manera sintética lo que son en el actuar estos tres elementos de nuestra cuadriga. Con base física y química, genética y cultural, sensorial y emocional pensamos. Incluso pensamos, es decir, valoramos cosas, situaciones y eventos de la realidad cotidiana para explicar lo que pasa por nuestra mente, y pensamos en el cerebro, en su funcionamiento, como lo hacen los neurocientíficos, aunque no sólo ellos: también lo hacemos todos y de forma particular los psicólogos, los místicos, los artistas. Si volvemos a los sinónimos y adjetivos que definen tanto a la mente como al pensamiento vemos ya muchos puntos de contacto, muchas superposiciones de significado; esto se debe, al menos en parte, a que el pensamiento sucede dentro de la mente. Pensar es un verbo, una acción que sucede en el cerebro con incidencias en la realidad material, que con regularidad se formula en frases como “pienso, luego existo”, mientras que “el pensamiento” es un sustantivo que se expresa en lo cotidiano como “el pensamiento del historiador es lineal” o “tuve unos pensamientos muy bonitos”, lo que significa que construimos imágenes “visuales” y conceptuales en nuestra mente, mientras que ese historiador es de la vieja escuela y consideramos que su “visión” de la historia es tradicional.


Es decir, ¿el pensamiento sucede en la mente, y la mente (y el pensamiento), en consecuencia, suceden en el cerebro?


Algo así podemos afirmar, aunque participan de la misma neuroquímica, son fácilmente distinguidos por el lenguaje como vemos en los breves ejemplos de uso de estas palabras.


Y la inteligencia, ¿qué es?, ¿dónde radica?


Grandes preguntas que son las de siempre, pero que “son las nuestras”, las de “ahora”, como asegura nuestro amigo polaco Henri. Antaño, se hablaba de la inteligencia en singular respecto a las manifestaciones intelectuales de una persona. Hogaño, se entiende la inteligencia humana en plural con relación a distintas expresiones o habilidades de las personas; de esta forma se entiende la famosa “inteligencia emocional”, concepto creado como sabemos por Peter Salovey y John Mayer y popularizado por Daniel Goleman en los años noventa del siglo pasado.


Pero si damos un paso atrás, se entiende la inteligencia como una capacidad, la de entender, apreciar, comunicar, aprender, entre muchas otras. Quizá por eso el uso corriente de la palabra se ha ido transformando, escindiendo, modificando. Decimos: “mi niña es muy inteligente”, “se casó con una mujer de su inteligencia”, “el futuro es la inteligencia artificial”. La inteligencia es comprensión y percepción a la vez. Es intuición, razonamiento y memoria. Muchas veces es velocidad. Reacción. Relación mente-cuerpo. Una persona, decimos, actúa adecuada y oportunamente ante una situación inesperada, donde muchas veces peligra su vida o la de otros. Otra cosa es la inteligencia del conocedor o experto en un tema, la del especialista, el científico, el erudito, el genio e incluso la del sabio, quien socialmente es el más inteligente. Antes eran los más viejos, ahora creemos que son los más jóvenes. Creemos incluso que la inteligencia artificial es más inteligente que nosotros, los seres humanos.


El siglo pasado se dedicó a pensar en la inteligencia. Hay factores que la definen y metodologías que la prueban. Lo innato del individuo, la convivencia, la historia, el ambiente, la genética, la tecnología, entre otros muchos factores han aportado elementos para medirla. La famosa prueba IQ busca medir la inteligencia cognitiva, y muchas veces es definitoria para ingresar a sistemas educativos de excelencia, aunque sabemos que sólo mide una parte muy pequeña de lo que implica que un niño, una joven, una mesera, un chofer, un futbolista, un contador, una maestra, un escritor, una bióloga sea inteligente.


¿Algún día la inteligencia artificial será más inteligente que los seres humanos?, me han preguntado.


La respuesta unívoca no la sabemos, hasta donde entiendo. Pero según el Golem XIV de Stanislaw Lem (Impedimenta 2013), esa máquina del futuro que es pura inteligencia, “La construcción es menos perfecta que el constructor”.


Por su parte, Jorge Volpi, en su libro Leer la mente (Alfaguara, 2011) asegura con vehemencia, a la que me sumo, que el cerebro humano (a través de las manifestaciones y funciones de la mente y el pensamiento) aprende, goza y llega a su culmen fisiológico con, desde y para el arte de la ficción. Busca responder al falso dilema de la utilidad / inutilidad de la literatura para el ser humano. Sin la ficción, sin la tarea de contar historias, estaríamos perdidos, ya que esta actividad demanda procesos muy sofisticados del pensamiento que no sólo son el resultado, sino la causa de la evolución humana. Desde las narraciones pictóricas de las cavernas hasta el storytelling para la docencia y la publicidad, pasando por la lecturas privadas y públicas de los mejores cuentos escritos, estamos ávidos de participar en historias. Un ejemplo: nos cuenta Volpi, que la prestigiosa revista Science tuvo como resultado de una encuesta que los humanos le dedicamos a la ficción 5 horas al día, ya sea a presenciar o a producirla (literatura, cine, series de TV, videojuegos, etc.), versus, 5 minutos a la reproducción, es decir al sexo. El contraste es ejemplar. Y uno de los espacios para el acceso a la ficción “razonada” es la escuela.


Nuestro cerebro, las funciones mentales y los pensamientos están diseñados para la comunicación y la interrelación con otros cerebros (presentes o lejanos), otras mentes, otros pensamientos expresados en narraciones e ideas. El doctor Facundo Manes, neurocientífico argentino nos dice en esta charla, por ejemplo, que “La educación es un factor de protección cerebral” ya que nos incita, entre otras cosas, a “tener vínculos sociales profundos que generan bienestar”.


Por eso es que las palabras y los conceptos que definen “cerebro”, “mente”, “pensamiento”, “inteligencia” y su red intrincada de relaciones en el tiempo y en el espacio son una fuente inagotable para el trabajo y el juego con los estudiantes de todas las edades. La creatividad, la imaginación, el fabular, razonar, calcular, predecir, evocar, invocar, llamar, recordar, expresar emociones son la materia con la que se construye nuestra historia personal.



Referencias:


Castellanos, Nazareth (2021). El espejo del cerebro. Madrid: La Huerta Grande, ed. digital.

Skolimowski, Henryk (2016). La mente participativa. Girona, Atalanta, 484 pp.

Volpi, Jorge (2011) Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción. México: Alfaguara. 166 pp.



Fuente original: redmagisterial.com.




















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